miércoles, noviembre 02, 2005

 

Carta abierta por la No Discriminación

Viña del Mar, 21 de septiembre de 2005

De mi consideración:

Creo que la discriminación para el ser humano, lamentablemente, es tan natural como respirar o comer. Todos, alguna vez en nuestra vida, hemos discriminado a alguien, ya sea positiva -como sobreprotección-, o negativamente -como rechazo-.

Esta semana se ha puesto en la agenda pública el caso de tres jóvenes ciegos que, tratando de ingresar a distintas carreras universitarias, fueron rechazados por el sólo hecho de ser “discapacitados”.

Por distintas razones, no es ni la primera, ni la única, ni la última vez que ocurre esta situación en universidades, como tampoco en colegios o empresas chilenas. Debido a la ignorancia y los prejuicios de nuestra sociedad, día a día se cierran puertas y oportunidades para sectores de nuestra población cuyo principal pecado es poseer una discapacidad, y muchas ganas de surgir.

Si bien no estamos frente a un hecho inédito ni aislado, el problema está en que son estas mismas instituciones educacionales, las encargadas de pensar nuestro país en el futuro y, coherentemente con eso, educar y guiar a nuestros jóvenes con las competencias y conocimientos necesarios para colaborar con el crecimiento y desarrollo nacional –obviamente- libre de prejuicios.

El lunes 5 de septiembre, Daniela, mi señora, me contó acerca de esta noticia que aparecía en las páginas de los diarios, minutos en las radios y las pantallas de los canales de televisión.

Fue justo ella, mis ojos, quien me informaba de una historia vieja y archiconocida para mi, ya que soy uno de los muchos que algún día tuvo la irresponsabilidad de creer que, a pesar de mi ceguera, podía pararme delante de este mundo convulsionado, incierto e impredecible, y enfrentar nuevos y complejos desafíos, con un sentido menos, pero con una visión estratégica de la realidad, motivación, esfuerzo, disciplina y mucho trabajo.

Fue así como a comienzos de la década de los noventa, me dirigí a las dos más prestigiosas universidades tradicionales de mi región de Valparaíso, para decir con voz fuerte y clara que quería ser Psicólogo. Como en los casos anteriores, la respuesta fue negativa, ya que nadie podía estudiar Psicología siendo ciego.

La verdad, es que eso lo escuché no sólo cuando quise ser Psicólogo, sino también cuando quise realizar un MBA, cuando tuve la idea de casarme, o cuando dije que quería escribir un libro.

Pues bien, a mis 31 años, y después de mucho esfuerzo, puedo decir que pude y estoy logrando mis metas. Como algún día lo soñé, hoy soy Psicólogo, tengo un MBA, estoy felizmente casado y acabo de terminar mi primer libro, que saldrá a la luz apenas encuentre una editorial interesada en publicarlo.

En fin, he podido cumplir todos mis sueños, como muchos ciegos que se atrevieron a estudiar y ahora son abogados, profesores, antropólogos, etc., a pesar de estas instituciones que creen lo contrario. Con esto no quiero crear la fantasía de que los discapacitados podemos hacer cualquier cosa (¿puede alguien en realidad?) pero sí que con motivación y esfuerzo, instituciones que no discriminen, y el apoyo invaluable de nuestra familia y amigos, podemos transformar una “aparente” debilidad, en reales fortalezas.

Atentamente,

Claudio Gregoire P.

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