martes, noviembre 08, 2005

 

Carta al Diputado

Siempre he admirado a aquellas personas que son capaces de sobreponerse a sus problemas y, más aún, poseen la capacidad de embarcarse en desafíos sociales, no por un bien personal, sino que, muy, por el contrario, por el bien de muchas personas. Me refiero a aquellos líderes que son capaces de pelear por causas justas, siendo muchas veces incomprendidos y, otras tantas, sin contar con el total e irrestricto apoyo que merecen.

Esa virtud o fortaleza interior, muy a mi pesar, no se encuentra dentro de mi repertorio conductual o, en otras palabras, entre mis competencias o aptitudes frente a la vida y sus desafíos. Desde siempre, mi relación con la ceguera ha sido más bien ermitaña e individualista. Las razones no se orientan fundamentalmente a mi desconfianza o incredulidad en los procesos sociales, o… no tanto. Más bien, obedecen a mi firme convicción en las micro revoluciones, que no son otra cosa que generar cambios sociales, pero desde una base personal. En otras palabras, se trata de contagiar los cambios necesarios para un grupo de personas, pero desde abajo, como una hormiguita… despacio pero seguro.

En este sentido, mi estrategia está enfocada a demostrar que los discapacitados podemos hacer muchas cosas y yo, como discapacitado, tengo esa misión al interior de mi círculo social, compuesto no sólo por mi familia y amigos, sino también por mi validación, inserción e integración ante los ojos de todo a quien conozco. Desde esta perspectiva, cada discapacitado tiene el deber de enfrentar sus problemas y luchar por sus desafíos personalmente y, todos juntos así, podremos cambiar -lenta pero efectivamente- los estereotipos y prejuicios que nos rodean.

Este por lo menos era mi pensamiento hasta hace algún tiempo -aunque en cierta manera aún tengo algo de aquello-, pero una suma de problemas y discriminaciones me hicieron, hace unos años, cambiar mi postura. En un minuto determinado sentí que el ostracismo, o guardarse los problemas para uno, ya no servía, y que la alternativa para el cambio era exponer las injusticias a las instituciones que nos cobijan y gobiernan, aquellas que pueden, y deben, representarnos y generar cambios positivos en los temas de la justicia social.

Como contaba, una serie de injusticias y discriminaciones me hicieron mirar nuestro sistema sociopolítico y, por un minuto, imbuirme en él creyendo ciegamente todas las frases bonitas y discursos conmovedores que aparecen, casi siempre, en época de elecciones. Con toda mi fe puesta en nuestro sistema político, le escribí una pequeña pero sentida carta, a un honorable parlamentario de nuestro país -de quien prefiero guardar reserva de su nombre-, miembro de la comisión de discapacidad de la Cámara de Diputados. Textualmente, la carta decía lo siguiente:


Viña del mar, 3 de octubre de 2003
Señor
H. Diputado de la República de Chile
Presente

De mi consideración:

Por medio de esta carta y junto con saludarlo de manera muy afectuosa por su constante preocupación en la Cámara de Diputados frente al tema de la discapacidad, quisiera contarle mi propia experiencia como discapacitado la cual, pretendo y espero, le sea de utilidad y sirva aunque sea en parte, para avanzar en el camino de mejorar el espacio que esta realidad tiene dentro de nuestra sociedad.

Mi nombre es Claudio Gregoire. Tengo treinta años, y desde hace trece sufro de ceguera total debido a una malformación en mis vasos sanguíneos.

Gracias al apoyo de mi familia, mi novia y mis muchos amigos, más una cuota importante de esfuerzo personal, he podido desarrollarme efectivamente como persona y profesional. En este último ámbito, en la actualidad ostento con mucho orgullo mi profesión de Psicólogo, y me encuentro terminando mi Magíster en Gestión Organizacional con muy buenas calificaciones.

Este desarrollo sostenido de mis potencialidades, ha traído como consecuencia que mis conocimientos puedan ser aplicados en distintos contextos laborales, como en el Centro de Investigación de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas; profesor de la carrera de Tecnología Médica (ambas actividades en la Universidad de Valparaíso); y psicólogo clínico en forma particular. Además, escribo periódicamente en El Mercurio de Valparaíso columnas de opinión sobre temas de Gestión en Recursos Humanos, y dicto algunas charlas motivacionales en distintas empresas. Como usted puede apreciar, me encuentro bastante realizado en lo laboral, y mucho más en lo personal.

Lamentablemente, estoy muy conciente que mi desarrollo profesional no se condice ni relaciona con un inmenso porcentaje de ciegos en particular, ni con el resto de los discapacitados, en general.

La motivación de esta carta, no es el de exponerle las causas que a mi parecer provocan y mantienen esta situación en nuestro país, y si bien tengo variadas teorías al respecto prefiero, por lo extenso de la materia, dejarlo para otra ocasión.

Lo que si quisiera, es manifestarle a usted, como el principal referente de estos temas en nuestra H. Cámara de Diputados, algunos aspectos puntuales que me han ocurrido en estos últimos años, y que me han hecho meditar y cuestionar la real conciencia social que se tiene en nuestro país sobre la discapacidad, y sobre las personas que la poseemos.

Debo comenzar con decirle, que mi forma de ser ante este tema había sido bastante pasiva, hasta hoy, en que me atrevo a enviarle esta carta. En el pasado, en cambio, solía racionalizar los malos momentos y minimizar sus efectos en mí, pero creo eso había sido un error, y que es un deber de mi parte colaborar de manera activa con el resto de chilenos que sufren a diario injusticias por su condición, con la única motivación de poder colaborar así -al menos desde el plano de las ideas- en poder proponer soluciones o, en su defecto, poder comunicar a actores sociales claves como usted, algunas anomalías que pueden, y deben, ser acogidas y superadas por nuestra sociedad.

Es probable que si le relato el hecho de que al intentar estudiar Psicología en las universidades tradicionales de la zona fui rechazado y discriminado, estaría reiterando una historia presente en múltiples cartas que debe recibir con regularidad, por lo que no creo pertinente profundizar en este tema.

Lo que sí me pareció extraño, y muy -pero muy- lamentable, es lo que me sucedió hace poco más de un año. En ese tiempo, mi hermano mayor se disponía a casarse, y como un gesto de hermandad e infinito afecto tomó la decisión de nombrarme como su Testigo ante el Registro Civil, gran honor que estuve dispuesto a recibir, y muy agradecido por lo demás.

El problema, es que la encargada del Registro Civil no opinó lo mismo, argumentando que un ciego no podía ejercer tal rol. ¡Imagínese que en aspectos laborales y sociales, mi grado académico me valida para diagnosticar y ayudar a personas en aspectos de salud mental, poder gestionar y resolver problemas graves al interior de una empresa y sus empleados, poder transmitir conocimientos a mis alumnos, presentar mis ideas en un periódico regional, ser protagonista de distintos programas y entrevistas en medios de comunicación de alcance regional y nacional… pero no para ser agente activo en el matrimonio de mi único hermano! A lo menos ridículo ¿o no?

Por supuesto, esto me provocó un gran malestar y pena, pero para no trizar ese maravilloso momento, no quise hacer nada al respecto. Obviamente este no ha sido el único problema al que me he visto enfrentado sólo por el hecho de ser ciego, ni tampoco será el último, pero creo que puede servir como muestra del profundo dolor que puede provocar la no inserción social.

Para terminar con esta carta -que ya parece un proceso de catarsis-, deseo plantearle una inquietud muy particular.

Si bien es cierto que históricamente los discapacitados visuales pertenecen a un estrato socioeconómico mas bien disminuido (por diversas razones que no quiero profundizar), no es menos cierto que un grupo, aunque aún muy menor, estamos luchando por desarrollarnos con muy buenos resultados, senda por la que espero el día de mañana avancemos muchos más.

En este contexto, nuestras necesidades y requerimientos son cuantitativa y cualitativamente distintas al resto de los discapacitados. Pues bien, debido a una necesidad de transporte -ya que las clases que imparto en la Universidad se dividen entre sus sedes de Valparaíso y San Felipe, además de otras razones-, estoy evaluando la factibilidad de adquirir un auto para que este sea manejado por un chofer, y poder así solucionar en buen grado mi problema de independencia y comodidad, pues hasta hoy debo depender de la buena voluntad de mi hermana o algún amigo para que me traslade de un lugar a otro, situación que, por las obvias actividades de cada uno, se hace algo complicado.

En esto estaba, cuando un cercano me planteó la idea de averiguar si los ciegos teníamos alguna clase de franquicia o liberación de aranceles, como en el caso de discapacitados físicos, o como sucede en otros países como Argentina y España, por ejemplo. Mi sorpresa fue mayúscula cuando en el COMPIN me informaron que esto no era así. La razón: los ciegos no podemos manejar.

Estimado Diputado, francamente entiendo –aunque no justifico- que exista la discriminación en nuestra sociedad, ya que es un fenómeno presente en muchas otras. Pero lo que no entiendo, ni justifico, ni avalo, es que exista discriminación entre los mismos discapacitados. ¡Eso no!
En todo caso, este es uno de muchos ejemplos, y creo que debe ser por el origen o sustento de nuestra patología, ya que en la mayoría de los casos los ciegos no necesitamos artefactos para adecuar, sino más bien la ayuda para utilizarlos.

Como le dije, existe un grupo minúsculo al que una ayuda o facilidad de este tipo… ¡NO
REGALO!, podría favorecer en enorme medida a una mayor integración e inserción social, y a la optimización de nuestro desarrollo profesional.

Seguramente esta carta tendrá que pasar por varios filtros, como secretarias, asesores etcétera, antes de llegar a usted. Incluso es muy probable que nunca llegue a destino. Pero si alguna vez la lee, me gustaría que tomara mis palabras y ejemplos, y pudiese realizar alguna gestión para solucionar este tipo de situaciones. Ahora bien, si usted desea contactarse conmigo y poder discutir ciertos temas, estaría encantado. Para ello, al final de esta ya larguísima misiva, le dejo mis datos.

Debo aclararle que mi intención al escribirle no es la de servir como conejillo de indias o como objeto político, en términos de aparecer en la prensa o algo así. Por el contrario, una de las razones del porqué me he puesto en contacto con usted, es porque lo considero distinto a otros políticos que me ha tocado conocer y que han tenido esta intención. También es muy probable, y sobre todo conociendo la lentitud referida a modificar nuestra legislación, que cuando este asunto esté resuelto yo ya tenga mi ansiado automóvil. Pero mi intención es otra, y es sólo aportar en una milésima parte a que otras personas ciegas puedan, a futuro, tener mejores posibilidades e igualdad de oportunidades en Chile.

Dándole las gracias por su tiempo y gestión, se despide agradecido y esperanzado,

Claudio Gregoire
Psicólogo

Como en toda historia, uno siempre espera un final feliz. Un final de película gringa. Un final donde el protagonista, con la ayuda y conciencia de todo su pueblo y, por sobre todo, de sus gobernantes, logra resolver sus problemas. Un final que represente vívidamente la unión, la hermandad, el servicio público y la solidaridad. Un final que nos impulse a creer en nuestras autoridades, ignorando a esos millones de personas que en Chile no se ven seducidos a inscribirse en los registros electorales. Un final que nos demuestre que ellos son los equivocados, porque nuestros problemas sí son importantes para nuestras autoridades, quienes realizan todos los esfuerzos por resolverlos. En fin… un gran final.

A continuación le escribiré, también textualmente, el final de esta historia: la respuesta recibida, también vía correo electrónico, un par de días después. Las conclusiones corren por su cuenta.

La respuesta fue:

Acuso Recibo.

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